Ella era brillante y hermosa, con una energía que atraía todas las miradas. Pero pasaron los años y no apareció alguien que hiciera latir su corazón más rápido. ¿Sitios de citas? Ni siquiera lo piensa. ¿Para qué gastar energía en nuevos encuentros si las experiencias pasadas solo dejaron cansancio y desconfianza?
En el trabajo todavía luce arreglada: traje, maquillaje ligero, cabello peinado. Pero en casa ocurre otra cosa: una rutina de belleza casi abandonada. Se lava el cabello según el ánimo, se corta las uñas una vez al mes, y el cuidado diario de sí misma hace tiempo que es raro. Piernas y axilas: una o dos veces al año, generalmente para las vacaciones en la playa. Su hábito de verse perfecta se desvaneció, como si alguien hubiera apagado silenciosamente la alarma.
Antes, el gimnasio, preparar la comida y verse impecable eran parte de su vida. Ahora se permite olvidarse de las reglas. No necesita lucir para nadie, no necesita demostrar su atractivo. La depilación láser o con crema son experimentos raros, más por comodidad propia. A veces piensa que un hombre podría devolverle sus antiguos hábitos, pero una voz interior le susurra: «No hace falta».
La libertad y la tranquilidad se entrelazan con una pequeña apatía. Ir a un restaurante, una fiesta o un evento corporativo se convierte en formalidad: vestidos de manga larga, maquillaje discreto, cabello recogido con prisa. A veces los amigos preguntan: «¿Por qué dejaste de cuidarte?» Ella solo sonríe: «Aprendí a elegir el mal menor». Un poco molesta con el vello que empieza a crecer o el picor después de depilarse, pero al menos no hay presión de cumplir con las expectativas ajenas.
Y en esa tranquilidad hay belleza: la libertad de ser uno mismo, sin ideales ni reglas. A veces llega la tristeza, pero entiende que la felicidad no es perfección constante, sino aceptar quién eres realmente.